Los rugbiers futbolistas

Por Nicanor González del Solar. En sus comienzos, el rugby y el fútbol eran hermanos. En el siglo XIX se distanciaron por una canilla… ¿Cuál, la del lavatorio? No, por el hueso largo y delgado de la pierna. ¿Cómo? Resulta que en un pub inglés, muchachos de diferentes clubes querían establecer reglas para el «football». Los ex alumnos del Colegio de Rugby aceptaban el «hacking», que consistía en golpear en las canillas al que llevaba la pelota con sus pies. Otro grupo, amante del «dribling» prefería el traslado del balón, sin que lo castigaran con golpes a sus extremidades inferiores.

La discusión no tuvo solución y, esa tarde del pub, se distanciaron los «rugbiers» y los «footballers» y nacieron dos deportes distintos. Después, llegaron los scrums y los tackles. Del otro lado, la elección de un arco con dos travesaños y un poste, donde se convertía un «goal» después de patear la pelota, ya que se prohibió el «handling, otra característica básica de nuestro rugby.

La Argentina aceptó masivamente al fútbol. Se incorporó a todas las clases sociales desde que lo trajeron los ingleses. Sin embargo, gracias a la influencia de los docentes de los colegios de origen británico, también maduró el deporte de pelota ovalada. Pero, en nuestra patria, el fútbol nunca fue extraño para los cultores del entretenimiento donde se conseguía una conquista cuando la pelota era apoyada detrás de una línea, llamada «ingoal». Todos los varones practicaban fútbol, cuando finalizaba la temporada en los clubes o en los institutos educativos. Y lo hace todavía.

La historia registra algunos casos notables, con muchachos que brillaron en el rugby pero que fueron magníficos futbolistas. Mencionaré a cuatro, aun cuando sé que la lista es enorme. También me referiré a un caso inverso: un «rugbista» (como dicen en Tucumán) que dejó su puesto de medio-scrum y se transformó en un notable futbolista, que gravitó en su club y en el equipo nacional argentino.

En la década del ´60, el Club Universitario de Buenos Aires (CUBA) contaba con un veloz y habilidoso wing que marcaba tries los sábados a la tarde. Los domingos, integraba la Tercera División (y alguna vez la Primera) de Boca Juniors. Era Claudio Salinas, un virtuoso para pegarle a las dos pelotas, la redonda y la ovalada.

Un caso similar fue el de Lucas Hyland, winger del Atlético de San Isidro (CASI). Como Salinas, también era puntero en el juego de 15 por bando y, los domingos, delantero en el club de la Ribera, Boca Juniors. Lo tentaron para hacerse profesional pero optó por el rugby amateur.

Cuando practicaba ambos deportes le hice una nota en la revista «El Gráfico». La titulé «Un irlandés de dos mundos», pues apuntaba a sus ancestros de Irlanda y a su pasión por las pelotas redondas y ovaladas. Yo quedé muy orgulloso por el trabajo, pues tuvo una aceptación enorme.

Curiosamente, el tercer caso de rugbier-futbolista también contempla a un wing: el tucumano Martín Terán Nougués, el que más sobresalió con la pelota redonda. Este habilidoso tres cuartos pateaba con solvencia y, además, era velocísimo. Se dio el gusto de apoyarle dos tries a Australia, en el Mundial de 1991. La primera conquista se incorporó a una producción fílmica, llamada «The best tries of the World Cup». Terán culminó un ataque de Los Pumas, que incluyó un «pase de faja» brillante de Gonzalo Camardón, que sorprendió y burló la defensa de los Wallabies.

Cuando Martín Terán se retiró del rugby, se dedicó plenamente al fútbol. Era tan hábil y definidor, que el club Atlético de Tucumán lo incorporó al plantel de la Primera. Se dio el gusto de anotar varios goles.

Hugo Porta, el mejor rugbier de todos los tiempos, fue un fantástico futbolista. Aclaremos algo más: el notable medio-apertura y capitán de Los Pumas se destacó en varios deportes. De niño fue tenista, más tarde se volcó al squash. Ya grande, corrió carreras de resistencia sobre bicicleta. Durante varios años se trasladó a Sudáfrica -después de haber sido embajador de nuestra República- y compitió en una prueba de más de 100 kilómetros de recorrido.

¿Cuál fue la relación de Hugo con el fútbol? En su primera juventud se probó en River Plate y llamó la atención por la potencia de sus disparos. Era N° 9 y superaba a cualquier arquero que tenía delante. El seleccionador riverplatense lo fue a buscar a su casa y lo invitó a que se incorporara a las divisiones inferiores del club de Nuñez. Pero la influencia de su primo hermano, Adolfo Cappelletti, lo llevó al rugby y a Banco Nación, donde maravilló como medio-scrum y, después, como medio-apertura.

El fútbol quedó para los domingos, donde deslumbró por sus destrezas, precisión y vigor para pegarle «a la redonda». Sus compañeros y rivales eran ex futbolistas que no entendían cómo no se había hecho profesional.

Ariel «el burrito» Ortega practicó rugby en su provincia, antes de dedicarse al fútbol. Pequeño de talla, aprovechaba su picardía y su velocidad para sobresalir como medio scrum. Pero su destino estaba en el fútbol. Llegó a River Plate y se transformó en una estrella, que lo llevó al equipo nacional. Hace unos años, ya retirado, «Orteguita» fue invitado al CASI para participar en un «seven» de fin de año. Jugó, se divirtió y recordó su niñez cuando la pelota que picaba para cualquier lado era más importante que la redonda.

Sólo algunos casos; hay otros ejemplos. Parecen deportes completamente distintos pero, gracias a las destrezas de determinados virtuosos, el rugby y el fútbol a veces se unen.

 

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